ENTREGA DEL PREMIO LITERARIO GERARDO ROVIRA

El viernes 24 de abril se conocieron los ganadores del 37º certamen literario Gerardo Rovira e hizo entrega del premio el escritor  Juan Ramón Santos. Los asistentes al acto tuvimos la ocasión de escuchar las palabras del autor placentino sobre el placer de la lectura y su experiencia como lector joven siendo alumno hace años de este instituto. Leyó algunos de sus poemas de su obra Cicerone y nos habló de su última novela El tesoro de la isla, una entusiasta invitación  a leer los grandes clásicos de la literatura como Los viajes de Gulliver o La isla del tesoro.

Aquí tenéis los nombres de los ganadores del Gerardo Rovira de este año. Nuestra enhorabuena para ellos y mucho ánimo para seguir escribiendo.

VERSO: ALBERTO FADÓN DUARTE

PROSA: ELENA GIL MARTÍNEZ

Malarruina
Las calles de Malarruina,
hechas de hastío y tabernas,
amparan cuatro mil cuerpos
viviendo de la crudeza.
Martín Guerra, veterano
de alguna que otra reyertaIMG_0609
ensordece la avenida
mientras cabalga la Vespa;
y tres esquinas más tarde
Dolores está a la espera,
sintiendo subir el frío
por sus piernas de gacela.
En la plazuela dos hombres,
guardan algo en la cartera,
de la plazuela dos hombres,
marchan, se oye una sirena.
Muere el grotesco sonidoIMG_0610
en cuanto la bofia frena,
rastrean sin hallar rastro
de aquel polvo color perla.
Como solía decirse
en Malarruina no nieva,
pero nunca falta nieve.
Subiendo una rúa estrecha
parada en el cantón
Dolores se desespera
y de las profundidades
de su bolso en tonos cebra
al final decide cogerIMG_0611
un pintalabios magenta.
A menos de una manzana
detiene el motor Guerra
lía un poco de tabaco
y cruza la carretera;
los dos hombres mientras tanto,
ven a una dama en la acera,
tiene el cutis nacarado,
boca entre fucsia y violeta.
La invitan a irse con ellos,
mas están vacías las carteras;
se muestran muy insistentes,
pero Dolores reniega,
uno le prende los pechos,
otro toma sus caderas;
Dolores trata de gritar
un grito que nunca llega.
Unos metros más atrás
Guerra contempla la escena,
los dos hombres le señalan,
los dos hombres se le acercan.
Martín Guerra no se achanta;
con su aliento de ginebra
les advierte que se marchen,
uno de ellos le golpea,
filos más o menos largos,
y comienza la contienda;
baila a destiempo la sangre,
los desórdenes aumentan,
la mujer ya no estaba,
ni esos labios tan magenta
***
Gemidos pueblan la calle,
cuando se oye la sirena.
Dos cadáveres y medio
y restos de polvo perla.
Firmado: Florentino Ariza

DORMIDA
El agua comenzaba a enfriarse y a entumecer aquel cuerpo inmóvil que se deslizaba poco a poco por el blanco sucio de la bañera, para después resurgir lentamente. Estaba inerte, sin vida. Su corazón era lo único que latía.
Pasaron unos minutos, o quizá fueran horas. Permaneció así, sentada, con el pelo mojado y tiritando por la brisa que se colaba entre los cristales rotos de la ventana. La oscuridad invadía aquel baño del séptimo piso de algún bloque de la periferia. Como la inquilina del apartamento, todo había dejado de tener sentido. Ningún ser vivo, excepto ella, deambulaba por allí. Solo entraba la lluvia, a la que esta vez acompañaba la tímida primera luz del amanecer.
Al cabo, un impulso la obligó a levantarse. Su cuerpo escuálido, frágil pareciera que fuera a romperse en cualquier momento. El agua resbalaba por sus piernas y su pelo parecía una cascada de algas marinas. Pie izquierdo, pie derecho, crac. Cristales, sangre. No importa. Se miró en el fragmento más grande del espejo cuarteado, se retiró el pelo de la cara y salió de aquel baño olvidado.
Cogió una camisa y salió al balcón. Encendió un cigarro. Cada calada la iba recomponiendo y esbozó una leve y fugaz sonrisa. Se apoyó contra la pared y se dejó caer hasta sentarse en el gélido suelo con las piernas estiradas. Terminado el cigarro, lo arrojó por la ventana. Siguió con la mirada el movimiento de la colilla casi consumida -como ella, volando, cayendo- hasta que desapareció. En este momento, vio algo que cambió su gesto. Había una niñita en el segundo, cinco pisos más abajo, la misma que la observaba todas las mañanas desde su balcón lleno de flores. Estaba llorando, sentada en el suelo. Y la miraba. No era habitual en ella; siempre sonreía. Ese día estaba triste, la única persona con la que tenía contacto estaba triste. Sin pensarlo dos veces, le lanzó un beso. Entró dentro y rebuscó por todos los rincones hasta que encontró un papel medianamente limpio y un lápiz. Garabateó en él unos instantes y se lo tiró. La niña se levantó y lo alcanzó al vuelo. Ella sonrió desde arriba. Por primera vez en un año, volvió a notarse viva, que podía hacer algo que no fuera romperse, astillarse lentamente al golpeare contra el mundo.
…………………………………………….
Todavía no se le ha quitado la rojez de la mejilla. Llega tarde a clase y la mamá de su mejor amiga la está esperando para llevarla al colegio. Se ha dejado el pelo suelto para esconder la cara. Al montarse en el coche, ella le coloca el pelo detrás de la oreja y le da un beso. La mira extrañada y le acaricia suavemente la cara. La niña se pone nerviosa. Cuando la señora le pregunta qué le ha pasado, la niña comienza a llorar. El coche arranca.
Poco después,  el coche se para y la señora coge de la mano a la niña. Bajan del coche. Su amiga se queda en él, esperando. Sube los escalones con la señora, despacio. Sabe que hay treinta y dos; los cuenta todos los días pero hoy no, hoy solo quiere esconderse y que nadie la encuentre. La señora llama al timbre y el papá de la niña abre la puerta, extrañado de que su hija venga acompañada. La niña entra corriendo en el piso y se encierra en su habitación. Comienzan a oírse gritos, gritos como los que oía todas las noches, gritos que se meten dentro, en lo más profundo; y duelen. Sale al balcón y se desploma en el suelo, hace frío. Quiere que acabe ese infierno. Echa de menos a su madre y esa falta hace que una lágrima recorra su mejilla. Ha caído algo de arriba. Al mirar, encuentra en su balcón de siempre a aquella chica, siempre despeinada y seria. Nunca la ha visto salir del bloque.
Es esa chica que está allí cada mañana cuando ella se va a clase. Le ha tirado un beso y se ha ido. ¿Por qué se va? Está llorando otra vez cuando cae un avioncito desde arriba. La muchacha le está sonriendo. En el papel hay una flor dibujada, una margarita, como las que tiene en su balcón. Debajo de la margarita, hay escrito algo que entenderá pasados unos años:
 “Sé fuerte, pequeña. No llegues hasta aquí.”

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