-Memorias de un vaso roto- Relato ganador del concurso “Gerardo Rovira”

Aquí publicamos el relato ganador de nuestro concurso:

Era una noche bochornosa del verano de 2007 cuando me levanté a beber un vaso de agua ya que no podía dormir. Los ronquidos de mi padre rasgaban la densa humedad que flotaba por el primero alquilado de la Calle del Borrego, frente al cine Calafell. Me deslicé por el pasillo guiado por la leve luz que emitía la televisión y vi a mi padre dormido en el sofá. “Otra vez han discutido papá y mamá”, pensé. Cogí el vaso de agua fría, me dirigí al balcón de la habitación, mi lugar preferido de la casa, y contemplé las calles angostas y lúgubres del casco histórico bajo aquella noche cerrada, sin luna ni estrellas en el cielo, mientras bebía.

Todo estaba sumergido en una oscuridad tenue donde los últimos rayos de las antiguas farolas intentaban ganar metros a la noche. Bajo su luz las fachadas parecían aun más viejas y más deterioradas. La insignificante brisa traía un ligero olor a orín y los últimos sonidos de una noche de fiesta que moría. Volví a dar otro sorbo y alcé la vista. Desde lo alto del piso de mi amigo Víctor un gato negro me miraba fijamente, y sin saber por qué, lo saludé. Bajé los ojos y advertí cómo una sombra se acercaba por la calle empedrada. Al pasar por debajo de una farola, pude apreciar su escotado vestido rojo, que dejaba a la vista unas delicadas piernas acabadas en unos tobillos delgados a los que iban atadas las cintas de sus negros zapatos de tacón. Su tez bronceada le daba un aire de inocencia que contrastaba con su largo cabello cobrizo, lo cual me hizo recordar los anuncios de esas modelos de Pantene que tanto ponían entre los dibujos animados. En su esbelto cuello brillaba un collar plateado que caía entre sus firmes pechos. Esta imagen hizo despertar en mí un calor intenso que me removió el estómago, algo totalmente nuevo en aquellos trece años de mi existencia y que me perseguiría el resto de mi vida. Se me resecó la garganta y volví a beber. Lo único que estropeaba el aura de perfección que emanaba de sus rasgos tallados por un escultor celestial era su mirada, aquella mirada nerviosa que me  incitó a pensar que algo malo iba a ocurrir.

Observé que no dejaba de mirar hacia atrás y fue entonces cuando pude divisar una segunda sombra en la noche. Volvió a mirar hacia delante y aligeró la marcha. Al pasar por delante de mi casa, cerca del quiosco de Beatriz donde me gustaba bajar los domingos después de misa a comprar golosinas, se paró y miró hacia atrás. Hipnotizado, hice lo mismo. La sombra se había diluido en la lóbrega noche.

Mientras la chica buscaba la sombra a pocos metros de mi balcón, yo la buscaba a ella con la mirada sin dejarme un resquicio de su rostro. Las cejas, finas y perfiladas, se curvaban en un gesto de incertidumbre y miedo también reflejado en los ojos, aquellos verdes ojos acuosos que brillaban bajos sus largas pestañas maquilladas con rímel. Su pequeña nariz redondeada pasaba desapercibida antes sus labios carnosos y pintados de rojo que prometían una dulce recompensa a quien los conquistara. Sus orejas sujetaban su cabello dejando al descubierto una vistosa marca morada en el cuello, resultado sin duda de un momento de pasión compartido con algún muchacho con suerte y…

-¡¿De dónde vienes?!

La grave y rasposa voz surgió inesperadamente de las tinieblas e irrumpió con tanta fuerza y agresividad que perdí el hilo de mis pensamientos. Miré hacia el callejón que daba a la puerta de mi piso: una sombra se acercaba poco a poco hasta el lugar que ocupaba la mujer del vestido rojo.

-¡Te he preguntado que de dónde vienes!- dijo con la voz  ahogada en un mar de cólera y furia.

-Y a ti que te importa… ¿Qué quieres, Juan? – preguntó con la voz temblorosa.

La sombra no respondió, pero siguió acercándose poco a poco, hasta quedar solo a unos palmos de ella y ser visible bajo el resplandor de la farola.

Un hombre alto y fuerte la miraba con rabia, con repugnancia, como si despreciara todo cuanto a mí me había encandilado. Su negra melena desgreñada y su barba descuidada me recordaron a un pirata de una película que se había estrenado el año pasado en el cine Calafell. Llevaba una chaqueta de cuero y unos pantalones rotos a la altura de las rodillas. La miró de arriba abajo, con detenimiento y al posar sus ojos negros en la marca del cuello de la chica, una expresión de odio crispó su rostro.

– Hace dos días que lo dejamos y ya estás calentando a otro.

– No hablaré contigo mientras estés puesto. Lo nuestro terminó, así que déjame…

– ¡Eres una zorra! – gritó enfurecido.

– Te perdonaré eso por el estado en el que vas, pero no creas que voy a olvidarlo – sentenció la chica, levantando la barbilla con orgullo.

-¡Tú a mi no tienes que perdonarme nada, asquerosa!

Con un movimiento rápido, se abalanzó sobre ella, apresándole las manos y lamiendo con lascivia el lóbulo de su oreja izquierda.

– ¿Te hace esto tu nuevo noviete?

-¡Suéltame, hijo de puta! – sollozó débilmente.

La agarró por el cuello y la estampó contra la pared.

-¿Y ahora soy un hijo de puta, eh?

Tras articular estas últimas palabras, una bofetada impactó en el rostro de ella, que dio media vuelta sobre sí misma hasta que su cabeza chocó de nuevo contra la pared, cayendo al suelo aturdida y sin capacidad para reaccionar. Viendo que no se levantaba por sí misma, la levantó de un tirón de pelos, tapándole la boca para que sus gritos de socorro se quedaran mudos. La mujer lloraba y forcejeaba sin parar. El agresor, sacando un objeto brillante y puntiagudo de la chaqueta, presionó con su brazo izquierdo la espalda de la chica, apoyando la punta de la navaja contra su cuello, mientras comenzaba a desabrocharse el cinturón con la mano libre. Cuando terminó, subió el vestido rojo hasta dejar al descubierto lo que antes solo se intuía y empezó a penetrarla con violencia, indiferente ante los gemidos que la aterrada chica apenas conseguía articular. Desesperada, se revolvió intentado zafarse de aquel brazo que la aprisionaba, pero él, aparentemente sin esfuerzo, la volvió a empujar hacia la pared, apretando la navaja contra su cuello. Un hilillo de sangre corrió hacia abajo, manchando el colgante mientras el agresor continuaba destrozándola por dentro y ella, angustiada, levantaba hacia el cielo su rostro bañado por las lágrimas silenciosas que derramaba. Durante un eterno segundo su mirada se cruzó con la mía y noté mi cara húmeda por las lágrimas que compartía con ella. Fue una mirada tan intensa que me sentí parte de ella, y cuando el violador, a la vez que eyaculaba, comenzó a apuñalarla en el estómago, nuestros gritos se fundieron en uno solo, y como en una pesadilla, vi entrar y salir repetidamente la hoja afilada de nuestro vientre. La chica cayó al suelo, y mientras su vida se apagaba, la sangre se extendía poco a poco, confundiéndose con el rojo de su vestido de fiesta, ahora descolocado y desgarrado.

Sentí cómo mi vida se iba con ella, cómo perdía el sentido, las fuerzas y el vaso se me cayó al suelo. El impacto del recipiente alertó al individuo que rápidamente se giro y descubrió a un niño aterrorizado y petrificado, que se desangraba a lágrimas. El agresor se quedó inmóvil, contemplando a la mujer que yacía desangrándose en el suelo. Se arrodilló, y mientras le levantaba la cabeza, le apartó un mechón de pelo del rostro. Le escuché llorar. Era un llanto de rabia, con dolor, como si quisiese dar marcha atrás en el tiempo o que fuese él quien se estuviese desangrando. Alargó el brazo para coger la navaja y al tiempo que elevó su mirada hacia el balcón, el hombre se sentó al lado de la muchacha. Y  mientras acariciaba su pelo con suavidad, la hoja volvió a probar sangre, esta vez de su propio brazo, que se mezcló con la de su víctima y con un ligero movimiento, la besó en la frente, dejando caer el otro brazo alrededor del cuerpo inerte del vestido rojo.

Todo volvió a sumirse en el silencio y la oscuridad pareció hacerse más fuerte. Me quedé contemplando los cuerpos que se convirtieron en lo primero que habían sido para mí: personas sin nombre, sombras en la noche. De repente, todo se quedó oscuro.

Los primeros madrugadores y el sonido de la cafetera me despertaron. Me incorporé de la cama con los ojos cerrados ya que la luz que entraba por el balcón no me permitía abrirlos y escuché cómo mis padres hablaban sin levantar el tono. Me dolía todo el cuerpo y no sabía cómo había llegado hasta allí. Entonces empecé a recordar y con el corazón en el puño, me dirigí hacia el balcón deseando que todo hubiera sido un sueño.

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